Roy Barreras: el político que todos atacan, pero que nadie logra sacar del juego
En la política colombiana hay figuras que no se explican desde la simpatía, sino desde la eficacia. Roy Barreras es una de ellas. No es un líder que convoque amor; es un operador político que despierta pasiones negativas. Y, sin embargo, elección tras elección, crisis tras crisis, cambio de gobierno tras cambio de discurso, sigue ahí: vigente, influyente y determinante. Eso incomoda, porque rompe el relato moralista con el que muchos quieren simplificar la política: el de “los buenos contra los malos”.
A Roy no se le critica solo por sus posturas, sino por su plasticidad ideológica. Ha transitado por distintas orillas del poder, se ha adaptado a nuevos climas políticos y ha sabido leer, con precisión quirúrgica, hacia dónde se mueve el péndulo del poder. Para algunos, eso es puro oportunismo; para otros, es realismo político en su versión más cruda: sobrevivir no por coherencia doctrinal, sino por capacidad de maniobra. La pregunta incómoda es si en Colombia castigamos realmente el camaleonismo político o si, en el fondo, lo premiamos en las urnas.
Lo paradójico es que quienes hoy exigen que Roy “se baje”, “se haga a un lado” o “desaparezca del escenario”, no están planteando un debate democrático sino una depuración moral selectiva. No se le combate con mejores argumentos, mejores propuestas o mejores liderazgos, sino con vetos simbólicos y linchamientos digitales. Esa lógica es peligrosa: cuando la política se convierte en cancelación, se deja de disputar el poder y se empieza a negar la pluralidad.
Roy representa, además, una figura incómoda para la izquierda y para la derecha. Para unos, es el símbolo del “político tradicional” que sabe moverse en los pasillos del Congreso; para otros, es el operador que entiende cómo se construyen mayorías en un sistema fragmentado. En ambos casos, la crítica suele ser más emocional que estructural. Pocas veces se discute con rigor su rol en la arquitectura institucional, su peso en la gobernabilidad o su influencia real en la toma de decisiones. Se le odia más de lo que se le analiza.
Hay algo más profundo en el rechazo a Roy Barreras: es el rechazo a mirarse en el espejo del sistema político que tenemos. Roy no es una anomalía; es un producto sofisticado del régimen político colombiano. Un régimen que premia al que negocia, al que articula, al que sabe leer correlaciones de fuerza, al que entiende que el poder no se ejerce solo con consignas, sino con transacciones políticas. Atacar a Roy sin cuestionar las reglas del juego es una forma elegante de evadir la discusión de fondo.
El debate no debería ser si Roy gusta o no gusta. El debate serio es otro: ¿queremos una política basada en pureza ideológica o una política capaz de construir gobernabilidad en un país profundamente fragmentado? ¿Preferimos líderes que mantengan una coherencia simbólica aunque no logren mayorías, o actores que, aun siendo incómodos, logran destrabar procesos institucionales? Esa tensión no es moral, es estructural.
La izquierda que hoy desconfía de Roy debería preguntarse por qué, cuando se trata de pasar del discurso al poder real, necesita operadores políticos que dominen las reglas del Congreso. Y la derecha que lo señala debería recordar cuántas veces utilizó ese mismo tipo de operadores cuando le convenía. La hipocresía transversal es evidente: Roy molesta cuando juega para el equipo contrario; cuando jugaba para el propio, era “un político hábil”.
Roy Barreras no es el problema central de la política colombiana. Es un síntoma. El problema es un sistema que castiga la coherencia y premia la adaptabilidad; que romantiza la pureza en el discurso, pero exige eficacia en la práctica. Mientras no se reformen de verdad las reglas de la competencia política, seguirán emergiendo figuras como Roy: capaces de sobrevivir a todos los cambios de marea.
Tal vez por eso incomoda tanto. Porque en lugar de confirmar nuestros relatos morales, nos recuerda una verdad que a nadie le gusta aceptar: en Colombia, el poder no se conquista con discursos impecables, sino con la capacidad de moverse en un terreno lleno de contradicciones. Y eso, nos guste o no, también es política.


