Que la incertidumbre no termine en tragedia: de Urrá al estadio de Neiva
La historia de la ingeniería en Colombia suele oscilar entre el progreso y el desastre socioambiental. El caso de la represa de Urrá I Hydroelectric Dam, en el Alto Sinú, es un recordatorio amargo: un proyecto que prometía “desarrollo”, energía y control de inundaciones terminó desterrando comunidades indígenas que se opusieron a la megaobra y alterando el ecosistema de 7.400 hectáreas, con un costo social que aún hoy no se termina de sanar.
Guardando las proporciones técnicas, el eco de esa desconexión entre el “gran capital” y la realidad territorial resuena hoy en Neiva con la propuesta del empresario Felipe Olave.
Olave pregona la construcción de un estadio de talla mundial, con una inversión que superaría los 80.000 millones de pesos. Sin embargo, la crítica no reside en la intención, sino en la ejecución. Mientras Urrá ignoró el flujo natural del agua, el proyecto del estadio de Neiva corre el riesgo de una hipotética catástrofe. Entendemos que la realidad financiera de esta ciudad refleja una deuda pública que ronda los 100.000 millones de pesos, lo cual frena la reparación de infraestructura deportiva en ruinas tras la tragedia del Estadio Guillermo Plazas Alcid en 2016, que dejó un saldo de 4 muertos y 10 heridos. Es aquí donde el sueño de Olave tiene espacio, mas no lógica.
Construir por construir, bajo la lógica del “yo pongo el dinero”, puede derivar en un elefante blanco similar al estancamiento que vivió Urrá en sus primeras etapas. Un estadio de última generación requiere un mantenimiento anual estimado entre el 2% y el 5% de su valor inicial, una carga que el municipio difícilmente podrá sostener sin un modelo de negocio que no dependa solo del fútbol, sino también de espectáculos de talla internacional. Esto podría ser muy beneficioso para la ciudad, pero abre más interrogantes.
El cauce del Río Magdalena, por más “controlado” que esté debido a los embalses de Central Hidroeléctrica El Quimbo y Represa de Betania, en época de lluvias obliga a abrir compuertas. Ya hemos visto cómo se inunda la ribera del Magdalena, así como barrios de las comunas 1 y 3 de Neiva y, claro, la paradisíaca isla del empresario ya mencionado.
Comparar ambos escenarios nos obliga a preguntar: ¿estamos ante un proyecto de renovación urbana o ante un monumento al ego empresarial? Si no hay estudios de impacto estructural transparentes, el sueño de Olave será para los neivanos lo que Urrá fue para el Sinú: una estructura imponente que mira con desdén la precariedad de su entorno. La ciudad no necesita más promesas de cemento sobre bases de barro; necesita realidades técnicas que no se derrumben, ni física ni financieramente, y que mucho menos puedan convertirse en tragedias ante tanta imprecisión en materia climatológica.


