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No es por petróleo, es por marketing

Cuando Trump habla de “recuperar el petróleo que nos pertenece”, no está dando una clase de energía, está haciendo campaña. Esa frase no sale de un informe técnico, sino de un libreto político: la idea de que Estados Unidos puso plata, tecnología y gente para levantar parte de la industria petrolera de Venezuela y que el chavismo cambió las reglas, se quedó con todo y rompió la confianza. Con ese cuento justifican algo muy concreto: que Washington controle por tiempo indefinido la venta del crudo venezolano y, sobre todo, la caja. 

Para entender por qué pueden vender ese discurso, hay que mirar el pasado reciente. En los años 90, Venezuela abrió el sector petrolero, invitó inversión extranjera y armó asociaciones para explotar crudos pesados. Después llegó Chávez, subió la mano del Estado, obligó a pasar a empresas mixtas con mayoría de PDVSA y empezó la pelea: cambios de contrato, demandas, salidas de compañías y arbitrajes internacionales. Esa historia existe y está documentada, por eso hoy es fácil usarla como combustible para el relato de “nos quitaron lo nuestro”. 

Pero una cosa es la historia y otra lo que está pasando ahora. Esto no va de que Estados Unidos “se quedó sin petróleo”. Estados Unidos es hoy el mayor productor de crudo del mundo y uno de los que mejor ha aprovechado su infraestructura energética: en 2023 rompió récord con cerca de 12,9 millones de barriles diarios y las proyecciones oficiales lo ven por encima de los 13 millones en los próximos años.  No está actuando por escasez, está jugando a acomodar sus intereses.

Lo que sí importa es el tipo de petróleo y dónde encaja. Venezuela tiene crudo pesado, con más azufre, y desde los 90 muchas refinerías de la Costa del Golfo se ajustaron para trabajar justamente con esos crudos densos de América Latina. Esas plantas no se adaptan de la noche a la mañana para cualquier mezcla: el crudo liviano de lutitas no siempre reemplaza bien ese papel.  Ahí hay una lógica industrial clara: a ciertas refinerías les sirve ese barril venezolano.

Hasta ahí, la parte técnica. Ahora viene la parte incómoda: recuperar de verdad la industria petrolera de Venezuela no es ni barato ni rápido. No es entrar, prender unos switches y ya. Años de corrupción, sanciones, equipos dañados, fuga de talento y campos abandonados han dejado la infraestructura en estado crítico. Hay estimaciones que hablan de más de 180.000 millones de dólares y unos 15 años de inversión sostenida solo para volver a niveles altos de producción.  Eso no cabe en un periodo presidencial ni en un hilo de Twitter.

Y ahí aparece la verdadera naturaleza del juego: Trump no es un estratega de largo plazo, es un político transaccional. Le interesa el efecto inmediato, el titular de hoy, el video viral, el “yo lo logré”. Necesita créditos ya, no dentro de quince años. Por eso su apuesta no es “reconstruir la industria” de fondo; su apuesta es poder vender la foto, el relato y algunos acuerdos rápidos que le permitan mostrarse como el hombre que “puso en orden” el petróleo venezolano.

En esa narrativa, Nicolás Maduro se convierte en trofeo. No solo como el dictador capturado, sino como símbolo de otra cosa: el mensaje hacia adentro de Estados Unidos de que, al final, no pasó nada grave, que todo ese cuento de que Rusia y China “respaldaban” a Venezuela no impidió que Washington entrara, se llevara al presidente y terminara manejando el activo principal del país. Es decirle a su base: “Nosotros seguimos mandando, los otros solo estaban prestando sombra”. 

Mientras tanto, en lo concreto, ¿qué sí se puede hacer rápido? Poder. Mostrar que el principal activo del país —su petróleo— queda bajo supervisión de Estados Unidos. Mandar un mensaje a aliados y rivales. Organizar quién compra, quién paga, quién cobra y quién no. En el discurso de la Casa Blanca todo se maquilla con frases como “beneficio para el pueblo venezolano”, pero el diseño práctico es otro: la caja pasa por manos estadounidenses y se reparte con condiciones. 

Muchos se preguntan: si China y Rusia estuvieron tan cerca de Venezuela, ¿por qué no levantaron la industria? La respuesta es menos épica de lo que venden los discursos. China puso grandes préstamos y amarró petróleo a pago de deuda, pero no se embarcó en un plan serio de reconstrucción con reglas claras a largo plazo. Rusia, a través de Rosneft, intentó jugar, pero las sanciones la fueron sacando y terminó moviendo sus activos para protegerse.  Con contratos que cambian, sanciones encima y riesgo financiero alto, nadie se mete de lleno a resucitar una industria, por mucha afinidad política que haya.

Hay otro punto que nadie quiere decir en voz alta, pero está ahí: a Estados Unidos le puede servir más que el Estado venezolano siga existiendo —debilitado, vigilado, pero en pie— a que todo colapse. No es solidaridad, es practicidad. Un aparato que medio funciona significa que hay funcionarios, mandos, instituciones y un mínimo de control territorial. Un desplome total abre la puerta a guerras internas, bandas armadas, más crimen, más migración y un caos que haría imposible cualquier plan serio sobre petróleo y negocios. Para controlar la caja, es más útil un Estado cojo pero operativo que un país roto en pedazos. 

El problema es que esa “continuidad” también puede significar seguir con muchas de las mismas prácticas que llevaron al desastre: opacidad, corrupción, represión, redes de poder enquistadas. Cambiar quién vigila la plata no garantiza que cambie cómo se toman las decisiones. Un esquema donde Estados Unidos mete la mano en el petróleo puede evitar que se lo coman completo los mismos de siempre… o puede sumar otra capa de abuso y resentimiento por soberanía. Y un orden sostenido sobre estructuras viejas puede evitar un incendio, pero también puede congelar cualquier cambio de fondo.

Desde lo que he estudiado en el mundo de la energía, esto se ve claro: aquí hay dos tiempos. El tiempo del discurso y el tiempo del petróleo. El discurso es inmediato: rueda de prensa, frase fuerte, storytelling de “recuperar lo que es nuestro”, foto con bandera de fondo, aplauso y trending. El petróleo real va a otro ritmo: reparación, inversión estable, reglas confiables y técnicos trabajando años en silencio.

Por eso digo que esto no es solo por petróleo, al menos no en el sentido simple de “necesitamos barriles ya”. Es por control, por imagen y por mensaje. Es por quién manda sobre la caja, quién define las condiciones del negocio y quién se queda con el relato de que “salvó” a Venezuela de sí misma.

El barril importa, claro. Pero en este momento pesa más la historia que se construye encima. Y en esa historia, Estados Unidos no está actuando como ingeniero: está actuando como publicista.

Director Cashback Company Group & Medios Asociados. Liderazgo en Centaur Group. Columnista. Estratega digital, experto en automatización e inteligencia artificial, y desarrollador de campañas digitales de alto impacto.