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La política del espectáculo y el país real que se nos cae

Mañana Colombia volverá a amanecer con el mismo ruido: peleas en redes, discursos incendiarios, bandos enfrentados y una ciudadanía cansada de promesas rotas. El país no está polarizado por ideas; está polarizado por egos. La política dejó de ser un espacio para resolver problemas reales y se convirtió en un ring donde los políticos compiten por likes mientras la gente compite por sobrevivir.

La seguridad se desmorona, la economía aprieta, el empleo formal no alcanza y el costo de vida sube sin pedir permiso. Pero el debate público sigue atrapado en la lógica del enemigo: si no estás conmigo, estás contra mí. Y en medio de esa guerra simbólica, el ciudadano común queda huérfano de respuestas concretas. No hay estrategia clara contra el crimen, no hay una política económica que se sienta en el bolsillo de la gente y no hay una ruta creíble para sacar a millones de colombianos de la informalidad.

El problema no es solo el gobierno de turno; el problema es una clase política que se acostumbró a vivir del conflicto, a administrar la indignación y a convertir cada error en propaganda. Hoy se gobierna para la narrativa, no para los resultados. Se prefiere el titular antes que la solución, la frase viral antes que la política pública seria. Y mientras tanto, los territorios siguen esperando: más presencia del Estado, más oportunidades reales, menos discursos y más hechos.

En el plano electoral, se repite la misma fórmula desgastada: campañas basadas en el miedo, en el odio y en la descalificación del otro. Nadie quiere hablar de cómo se van a financiar los programas, de qué se va a recortar para priorizar lo social, o de cómo se va a recuperar la confianza de la gente en las instituciones. Todo se reduce a quién grita más duro y quién logra imponer su relato. Así no se construye país; así se profundiza la fractura.

Colombia no necesita salvadores mesiánicos ni caudillos digitales. Necesita liderazgo serio, con carácter, que diga verdades incómodas y asuma costos políticos. Necesita gobernantes que entiendan que la seguridad sin justicia social es frágil, y que la justicia social sin orden es una ilusión. Necesita una política que vuelva a mirar al ciudadano como sujeto de derechos y no como un número en una encuesta o un voto en una urna.

Si seguimos premiando la política del espectáculo, no nos sorprendamos cuando el Estado siga perdiendo control del territorio, cuando la corrupción se normalice y cuando la desesperanza se vuelva rutina. La democracia no se muere de un golpe; se marchita cuando la gente se cansa de creer. Y hoy, tristemente, muchos colombianos ya están cansados.