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La caída negociada de Maduro y la entrega silenciosa de Venezuela

Nicolás Maduro no cayó por la presión popular ni fue derrotado por una ofensiva militar inesperada. Se entregó. Y en ese acto, entregó a Venezuela como moneda de cambio para negociar su salida. Lo que el mundo presenció como una “captura” fue, en realidad, el desenlace de un acuerdo pactado en silencio, lejos de los discursos sobre justicia y democracia.

No hubo una operación integral contra el corazón del chavismo. Los verdaderos pilares del poder permanecieron intactos. Diosdado Cabello y Delcy Rodríguez —figuras duras, históricas y decisivas del régimen— se quedaron en Venezuela, sin persecución, sin operaciones militares en su contra y con control político real. Eso no es casualidad: fueron la garantía del pacto, los custodios del orden interno mientras Maduro salía por la puerta trasera.

Este detalle desmonta el relato heroico. Si el objetivo hubiese sido desmontar el régimen, la acción habría sido total. Pero no lo fue. Porque no se buscó justicia plena, sino una transición negociada que asegurara estabilidad, control y conveniencia geopolítica. Maduro negoció su destino personal y, en el proceso, cedió la soberanía de su país.

Donald Trump convirtió esta escena en un show internacional de poder. Se presentó como el hombre que “resolvió” Venezuela, pero lo que realmente hizo fue administrar un acuerdo previamente cocinado. Se llevó a Maduro como trofeo político, mientras dejaba intacta la estructura que durante años sostuvo al chavismo. No hubo liberación: hubo reacomodo de intereses.

Venezuela no fue liberada, fue entregada en bandeja de plata. El país quedó atrapado entre un régimen que negoció su continuidad y una potencia que priorizó control estratégico sobre principios democráticos. El discurso de la justicia sirvió de fachada; el fondo fue poder, petróleo e influencia regional.

En medio de este tablero, la llamada entre Gustavo Petro y Donald Trump no fue un gesto menor. Fue la señal de que América Latina entra en una nueva etapa de pragmatismo forzado, donde el derecho internacional se vuelve flexible y la soberanía se negocia en conversaciones privadas. Colombia, una vez más, quedó en el centro de una disputa que no controla, pero que la afecta.

Este episodio deja una lección incómoda: las dictaduras no siempre caen, a veces se reciclan. Y cuando eso ocurre, los pueblos no deciden; deciden las élites, los acuerdos ocultos y las potencias.

Maduro se fue, pero Venezuela sigue secuestrada.